Qué hermosa ciudad sevilla,
y más sin los sevillanos;
sin los aduladores melífluos
del incienso y de la mirra,
sin trovadores de la Giralda,
de los Cristos y las Vírgenes,
sin barroco y sin iglesias,
sin sus grandes monumentos,
y sin sus Fiestas Mayores,
sin Rocío y sin rocieros,
sin toros y sin toreros,
sin sevillanas ni flamenquito,
sin botijo ni pandereta,
sin barrios de cartón piedra
y sin coches de caballo.
Sevilla, tú como el Cid,
qué gran ciudad que fuese
si buenos vasallos oviesse
Cecilio
miércoles, 13 de mayo de 2009
miércoles, 6 de mayo de 2009
(Otro poema -sin título- a la duración)
Hay un lugar en mí
que permanece
como si yo fuera el tren
que lo persigue
cuando el lugar se mueve.
Felipe Bollaín.
que permanece
como si yo fuera el tren
que lo persigue
cuando el lugar se mueve.
Felipe Bollaín.
La baldosa (poema a la duración)
Mi azotea.
Los hierros de debajo del Puente de Triana.
Y una roca, una roca eterna con ojos de musgo,
en un campo radiante de árboles y brisa.
La iglesia de la ventana tapiada: tiene una campana
que tañe levemente con el viento.
La casa de techo alto donde viví 6 años.
El sillón de cuero blanco que se quemó en el incendio.
¿Qué ves ahora?
Una
Hermosos
fachada
edificios industriales
naranja
teñidos de naranja
iluminada por el sol
por el sol que cae.
El trozo de aire en torno al balcón,
vía de paso de cientos de pájaros en primavera.
Un cartel de se vende con un teléfono, macetas en los balcones.
Un hospital, paneles solares, un bikini secándose.
Copas de árboles y farolas.
Persianas con secretos monótonos.
Creo que se mueve una cortina a lo lejos.
La escalera de mano que me sube a los altillos.
Un portal fresquito en una tarde de agosto.
La chimenea de campana de hierro en la casa de campo.
Todas las hogueras.
La playa que me diste cuando nos miramos aquellos 2 segundos.
El poyete frente al espigón donde llevo 30 años sentándome.
Los bares donde intenté olvidarlo todo.
El otro lado de la barra del bar
donde lo vi la primera vez, hace un año.
El primer aeropuerto, yo con el pelo corto.
Un río que corre manso cuando le dejan los cruceros de turistas.
El viento de aquel día en aquel barco que nos llevó a la exclusa.
El cuaderno de notas de Raquel Garabi,
sus gomillas del pelo, sus pulseras.
La silla en la que tuve un momento de paz,
mientras me hacías el arroz blanco,
antes de hacerme el amor rojo.
El melocotón que nos deslizó hasta el primer beso.
Las cáscaras de cacahuete donde meto los dedos.
El botón donde metes los dedos.
El pasillo de flores que me llevó a tu espalda.
El área de descanso donde comí sandía,
sentada en una caja, con los pies colgando.
El puesto del mercado donde hablé con un
pulpo, que me pidió un abrazo.
Donde paré el coche más adelante y
vi un paisaje quemado y verde oscuro,
el paisaje de las médulas, en León,
el paisaje de la geria, en Lanzarote,
el río Cuervo naciendo en apenas dos chorros, la nieve.
Tú y yo en mi azotea, desafiando tu líbido,
bajo los fuegos artificiales,
tu cara azul, la mía morada,
luego la tuya verde, la mía naranja
Un empujón de sangre con forma de acantilado.
Un acantilado en La Coruña con esta pintada "Galicia non é España".
El trozo de baldosa que me llevé a las manos cuando nos entró el miedo.
El árbol donde te hiciste sangre y más te quise.
La gruta donde en silencio nos cogimos de la mano.
La tienda de libros antiguos en Guildford.
Águilas reales sobre un puente colgante en el camino
de La Habana a Varadero, ¿o no eran reales?.
El parque botánico de Adelaide, en el sur de Australia.
El mercado de Madrid al que iba a comprar la ensalada.
La cima de una montaña que escalé en 7 horas.
Mi oso polar de peluche.
La boca de metro donde entendí el mundo.
La isla donde no entendí nada.
La escalera de la biblioteca donde te vi por primera vez,
aferrado a tu cuaderno.
El campo de fútbol donde apareció un toro.
La celda donde canté llorando.
Cazorla, el remanso bravío del arrojo.
San Nicolás del Puerto: una lluvia de ranas.
La sala de espera de urgencias del hospital: mi primer dolor de verdad.
El holograma de nuestras manos juntas y apretadas.
La secretaría de la facultad de periodismo de la que escapé.
El patio de la facultad de filosofía.
Una playa nudista de Fuerteventura sitiada por los complejos hoteleros.
El miedo y la baldosa, la baldosa y el miedo.
Felipe Bollaín y Carmen Puerto
Los hierros de debajo del Puente de Triana.
Y una roca, una roca eterna con ojos de musgo,
en un campo radiante de árboles y brisa.
La iglesia de la ventana tapiada: tiene una campana
que tañe levemente con el viento.
La casa de techo alto donde viví 6 años.
El sillón de cuero blanco que se quemó en el incendio.
¿Qué ves ahora?
Una
Hermosos
fachada
edificios industriales
naranja
teñidos de naranja
iluminada por el sol
por el sol que cae.
El trozo de aire en torno al balcón,
vía de paso de cientos de pájaros en primavera.
Un cartel de se vende con un teléfono, macetas en los balcones.
Un hospital, paneles solares, un bikini secándose.
Copas de árboles y farolas.
Persianas con secretos monótonos.
Creo que se mueve una cortina a lo lejos.
La escalera de mano que me sube a los altillos.
Un portal fresquito en una tarde de agosto.
La chimenea de campana de hierro en la casa de campo.
Todas las hogueras.
La playa que me diste cuando nos miramos aquellos 2 segundos.
El poyete frente al espigón donde llevo 30 años sentándome.
Los bares donde intenté olvidarlo todo.
El otro lado de la barra del bar
donde lo vi la primera vez, hace un año.
El primer aeropuerto, yo con el pelo corto.
Un río que corre manso cuando le dejan los cruceros de turistas.
El viento de aquel día en aquel barco que nos llevó a la exclusa.
El cuaderno de notas de Raquel Garabi,
sus gomillas del pelo, sus pulseras.
La silla en la que tuve un momento de paz,
mientras me hacías el arroz blanco,
antes de hacerme el amor rojo.
El melocotón que nos deslizó hasta el primer beso.
Las cáscaras de cacahuete donde meto los dedos.
El botón donde metes los dedos.
El pasillo de flores que me llevó a tu espalda.
El área de descanso donde comí sandía,
sentada en una caja, con los pies colgando.
El puesto del mercado donde hablé con un
pulpo, que me pidió un abrazo.
Donde paré el coche más adelante y
vi un paisaje quemado y verde oscuro,
el paisaje de las médulas, en León,
el paisaje de la geria, en Lanzarote,
el río Cuervo naciendo en apenas dos chorros, la nieve.
Tú y yo en mi azotea, desafiando tu líbido,
bajo los fuegos artificiales,
tu cara azul, la mía morada,
luego la tuya verde, la mía naranja
Un empujón de sangre con forma de acantilado.
Un acantilado en La Coruña con esta pintada "Galicia non é España".
El trozo de baldosa que me llevé a las manos cuando nos entró el miedo.
El árbol donde te hiciste sangre y más te quise.
La gruta donde en silencio nos cogimos de la mano.
La tienda de libros antiguos en Guildford.
Águilas reales sobre un puente colgante en el camino
de La Habana a Varadero, ¿o no eran reales?.
El parque botánico de Adelaide, en el sur de Australia.
El mercado de Madrid al que iba a comprar la ensalada.
La cima de una montaña que escalé en 7 horas.
Mi oso polar de peluche.
La boca de metro donde entendí el mundo.
La isla donde no entendí nada.
La escalera de la biblioteca donde te vi por primera vez,
aferrado a tu cuaderno.
El campo de fútbol donde apareció un toro.
La celda donde canté llorando.
Cazorla, el remanso bravío del arrojo.
San Nicolás del Puerto: una lluvia de ranas.
La sala de espera de urgencias del hospital: mi primer dolor de verdad.
El holograma de nuestras manos juntas y apretadas.
La secretaría de la facultad de periodismo de la que escapé.
El patio de la facultad de filosofía.
Una playa nudista de Fuerteventura sitiada por los complejos hoteleros.
El miedo y la baldosa, la baldosa y el miedo.
Felipe Bollaín y Carmen Puerto
jueves, 23 de abril de 2009
DESPERTARES
Son fugaces los instantes
nacidos de un aroma
de un recuerdo
de un beso
del recuerdo de un beso.
Sin más llegan y te abrazan
te atraviesan la carne
refuerzan los sentidos
te recuerdan quién eres
hacen parar los relojes
hacen helar la rutina
brotar juventud de los dedos.
En ese equilibrio entre la vida y la muerte
no me importaría morir
de tanta vida.
Maribel G. Salmerón
nacidos de un aroma
de un recuerdo
de un beso
del recuerdo de un beso.
Sin más llegan y te abrazan
te atraviesan la carne
refuerzan los sentidos
te recuerdan quién eres
hacen parar los relojes
hacen helar la rutina
brotar juventud de los dedos.
En ese equilibrio entre la vida y la muerte
no me importaría morir
de tanta vida.
Maribel G. Salmerón
jueves, 16 de abril de 2009
MIRANDO CUENCA
(de mi futuro libro "Textos para la tortura")
Eras ese algo extraño, irritante, ahí en la calle,
tan armoniosa frente a un cristal cualquiera,
quisieras haberte visto cuando brotó el veneno,
pero no fue posible porque nació la sonrisa ante tu reflejo.
Momento de violencia, jueves santo, vino,
disfrutando el rumor de la sangre enajenada
como el nacimiento de un río entre montañas,
llenas de eco.
Casi sorda.
Breves personas que no quieren mirarte, tan cansadas,
y tienes que salirte a aguantar el frío:
novecientos metros de altitud y un grado
se te meten por la nariz al cerebro, te tersan la cara.
Por fin comprendes que la vida te está provocando,
la vida te da por culo, mirando Cuenca,
para que aprendas a quién te cuentas.
El aire a cero grados sabe a cerezas,
el ruido del hablar castellano corta las penas
y te trae agujas olorosas de pino viejo.
Quién lo hubiera pensado el domingo de ramos,
que podrías vivir sin pedir perdón, sin explicarte,
llena la cabeza de números de teléfono por marcar.
Volverás a caer y no te importa,
sólo seguir respirando ese frío, anticiparte a la nieve,
que caerá también sobre ti ese viernes,
sobre tu coche.
Casi muda.
Eras ese algo extraño, irritante, ahí en la calle,
tan armoniosa frente a un cristal cualquiera,
quisieras haberte visto cuando brotó el veneno,
pero no fue posible porque nació la sonrisa ante tu reflejo.
Momento de violencia, jueves santo, vino,
disfrutando el rumor de la sangre enajenada
como el nacimiento de un río entre montañas,
llenas de eco.
Casi sorda.
Breves personas que no quieren mirarte, tan cansadas,
y tienes que salirte a aguantar el frío:
novecientos metros de altitud y un grado
se te meten por la nariz al cerebro, te tersan la cara.
Por fin comprendes que la vida te está provocando,
la vida te da por culo, mirando Cuenca,
para que aprendas a quién te cuentas.
El aire a cero grados sabe a cerezas,
el ruido del hablar castellano corta las penas
y te trae agujas olorosas de pino viejo.
Quién lo hubiera pensado el domingo de ramos,
que podrías vivir sin pedir perdón, sin explicarte,
llena la cabeza de números de teléfono por marcar.
Volverás a caer y no te importa,
sólo seguir respirando ese frío, anticiparte a la nieve,
que caerá también sobre ti ese viernes,
sobre tu coche.
Casi muda.
miércoles, 15 de abril de 2009
Ahora que estás tan perro
Ahora que estás tan perro
busca el verbo que ladre
y desentierra el hueso;
peina tu corazón dormido
con un cuchillo amable
y entrégate sin nombre
al color de mi agua.
Felipe Bollaín.
Nota: qué Martes más pacífico y fructífero para el alma. Gracias a todos. Me faltó leer este poema. Aquí os lo dejo. A ver si esto se animaaaaaaaaaaaaaa.......
busca el verbo que ladre
y desentierra el hueso;
peina tu corazón dormido
con un cuchillo amable
y entrégate sin nombre
al color de mi agua.
Felipe Bollaín.
Nota: qué Martes más pacífico y fructífero para el alma. Gracias a todos. Me faltó leer este poema. Aquí os lo dejo. A ver si esto se animaaaaaaaaaaaaaa.......
Si te vienes a vivir conmigo
Oye, si te vienes a vivir conmigo
¿Te importaría hacer acopio
de una lista que tengo preparada?
¿Podrías traer a casa, por favor,
una bolsa de truenos recién hechos,
un cartucho de nubes verticales
y una caja de abrazos de emergencia?
Y si aún te sobra espacio en tu Toyota,
mete también un tiesto de verdades,
un racimo de rocas cariñosas,
varias latas de tiempo en tu costado
y una inmensa pizca de amor fuera de oferta.
Yo por mi parte seguiré escribiendo en tu mano.
Felipe Bollaín
¿Te importaría hacer acopio
de una lista que tengo preparada?
¿Podrías traer a casa, por favor,
una bolsa de truenos recién hechos,
un cartucho de nubes verticales
y una caja de abrazos de emergencia?
Y si aún te sobra espacio en tu Toyota,
mete también un tiesto de verdades,
un racimo de rocas cariñosas,
varias latas de tiempo en tu costado
y una inmensa pizca de amor fuera de oferta.
Yo por mi parte seguiré escribiendo en tu mano.
Felipe Bollaín
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
