Soy todo lo que tengo
y lo que he perdido,
lo que he sido en otras vidas como ésta
y todo lo que no he llegado a ser.
Lleno mis estantes con libros que aún no he leído y
buenas intenciones,
con fotos que ordenan recuerdos cada día más lejanos,
canciones que recuerdan miradas que no volverán.
Pero miro a mi alrededor.
Tu rutina me abraza y reconforta
mi padre me habla por teléfono y ríe
mi madre huele a comida recién hecha
mi gato ronronea y duerme a mi lado.
Y no necesito más
de lo que he sido ni he soñado ser.
Maribel G. Salmerón
miércoles, 20 de mayo de 2009
miércoles, 13 de mayo de 2009
Torear a Sevilla / Fábrica de ladridos
HAY QUE TOREAR A SEVILLA
Le sobra mucho miedo
para ser una bestia.
Le falta mucho negro.
Creo que hay que torearla
como si fuera un toro
para que no le duela.
Desilusión de sangre.
Quiero saber mucho más
de lo que me ha enseñado.
En todas las ciudades
me ocurre lo mismo:
si no hay luz
si no hay árboles
si no hay gorriones
si no hay gente…
me estoy muriendo.
Sevilla es como un padre
autoritario y orgulloso,
como una madre
condescendiente y guapa
pero ante todo es huérfana
de ciudades.
Sevilla es mucho más que mi rabia pero mi rabia es Sevilla.
Vivimos como la mosca
que gravita el encierro.
Visitamos tristezas de paisaje
que saben a cristal olvidado.
Vivimos como la mosca
que cruza el campo de batalla
en busca del azúcar,
nos relamemos las mentiras pegajosas,
la miel podrida de todos los planetas,
hasta que llega el día y esa mano
-la que tanto se alzó para apoyarnos-
ahora se tambalea, se arrepiente,
se retuerce, se derrumba y nos aplasta.
FÁBRICA DE LADRIDOS
¿Aquí, en Sevilla,
quién construye sus casas con ladridos?
¿Quién visita su orgullo de mansión solitaria?
¿Quién camina por calles de denuncia?
¿Quién desvirga belleza sin ser visto?
¿Quién trabaja de estrella a estrella en su gazpacho?
¿Quién escupe la sangre que se traga?
¿Quién decapita capirotes de miedo?
¿Quién habita su olor a desamparo?
¿Quién llora en sus carnavales?
¿Quién destroza sus perchas?
¿Quién va al suelo conmigo?
¿Quién pone en duda lo que siempre fue injusto?
¿Quién inventa ventanas?
¿Quién me duerme la siesta?
¿Quién me arrima los versos?
¿Quién me invita a una fiesta?
¿Quién me saca de aquí?
Dos poemas de Felipe Bollaín.
Le sobra mucho miedo
para ser una bestia.
Le falta mucho negro.
Creo que hay que torearla
como si fuera un toro
para que no le duela.
Desilusión de sangre.
Quiero saber mucho más
de lo que me ha enseñado.
En todas las ciudades
me ocurre lo mismo:
si no hay luz
si no hay árboles
si no hay gorriones
si no hay gente…
me estoy muriendo.
Sevilla es como un padre
autoritario y orgulloso,
como una madre
condescendiente y guapa
pero ante todo es huérfana
de ciudades.
Sevilla es mucho más que mi rabia pero mi rabia es Sevilla.
Vivimos como la mosca
que gravita el encierro.
Visitamos tristezas de paisaje
que saben a cristal olvidado.
Vivimos como la mosca
que cruza el campo de batalla
en busca del azúcar,
nos relamemos las mentiras pegajosas,
la miel podrida de todos los planetas,
hasta que llega el día y esa mano
-la que tanto se alzó para apoyarnos-
ahora se tambalea, se arrepiente,
se retuerce, se derrumba y nos aplasta.
FÁBRICA DE LADRIDOS
¿Aquí, en Sevilla,
quién construye sus casas con ladridos?
¿Quién visita su orgullo de mansión solitaria?
¿Quién camina por calles de denuncia?
¿Quién desvirga belleza sin ser visto?
¿Quién trabaja de estrella a estrella en su gazpacho?
¿Quién escupe la sangre que se traga?
¿Quién decapita capirotes de miedo?
¿Quién habita su olor a desamparo?
¿Quién llora en sus carnavales?
¿Quién destroza sus perchas?
¿Quién va al suelo conmigo?
¿Quién pone en duda lo que siempre fue injusto?
¿Quién inventa ventanas?
¿Quién me duerme la siesta?
¿Quién me arrima los versos?
¿Quién me invita a una fiesta?
¿Quién me saca de aquí?
Dos poemas de Felipe Bollaín.
SOY BLANCA
Soy una comunidad de vecinos
Soy un cuenco de agua con sabor a cobre
Soy un láser para tallar diamantes
Soy la espuma en la boca del animal agotado
Soy una goma de borrar manchada
Soy el reverso de la clave de sol, y me acuesto en mi pentagrama
Soy una ninfa descarada y sin deudas
A veces mi propio ser amado se me desborda
y apenas puedo alcanzar mi casa,
buscar un papel blanco para doblar,
hacer una cajita y ahí volcarlo.
Taparla con rapidez mirando a todas partes.
Cuando llego, ya se ha desperdigado
y todo son dudas,
y estoy cubierta de rosas blancas y fragantes.
Carmen
Soy un cuenco de agua con sabor a cobre
Soy un láser para tallar diamantes
Soy la espuma en la boca del animal agotado
Soy una goma de borrar manchada
Soy el reverso de la clave de sol, y me acuesto en mi pentagrama
Soy una ninfa descarada y sin deudas
A veces mi propio ser amado se me desborda
y apenas puedo alcanzar mi casa,
buscar un papel blanco para doblar,
hacer una cajita y ahí volcarlo.
Taparla con rapidez mirando a todas partes.
Cuando llego, ya se ha desperdigado
y todo son dudas,
y estoy cubierta de rosas blancas y fragantes.
Carmen
EL AHORA SIGUE BRILLANDO
Cómo me cuesta salir del baño,
abandonar el albornoz
y contarte mis momentos de paradas pacíficas,
de delicadezas envolventes,
de tonos en que los colores parecían subir y bajar del cielo,
de vivencias que han pasado por el tiempo sin cambiar su frescor y su tibieza.
Recuerdo aquel mar y sus aguas verdes,
mi miedo tiritando,
sus cosquillas que me abrieron los sentidos,
su balanceo amoroso,
sus palacios de coral,
mi cuerpo se mecía emocionado en columpios de colores,
que tejían algas y peces
entre ritmos de Oriente.
Recuerdo a mis hijos bailando, sus luminosos ojos de tierra y cielo,
sus miradas cargadas de nuevos soles
y mi corazón en la garganta, queriendo salir de su envoltura.
Recuerdo una feria de abril:
comida deliciosa
amigos dulces
farolillos y lunares que bailan al compás,
sentidos aletargados que susurran amor,
la música respira en mis poros.
Gracias a ti he sacado del armario estos momentos
que a partir de ahora los pondré en la pizarra de mi cocina
para que la ilumine cuando el sol esté ausente.
Paqui Manfredi
abandonar el albornoz
y contarte mis momentos de paradas pacíficas,
de delicadezas envolventes,
de tonos en que los colores parecían subir y bajar del cielo,
de vivencias que han pasado por el tiempo sin cambiar su frescor y su tibieza.
Recuerdo aquel mar y sus aguas verdes,
mi miedo tiritando,
sus cosquillas que me abrieron los sentidos,
su balanceo amoroso,
sus palacios de coral,
mi cuerpo se mecía emocionado en columpios de colores,
que tejían algas y peces
entre ritmos de Oriente.
Recuerdo a mis hijos bailando, sus luminosos ojos de tierra y cielo,
sus miradas cargadas de nuevos soles
y mi corazón en la garganta, queriendo salir de su envoltura.
Recuerdo una feria de abril:
comida deliciosa
amigos dulces
farolillos y lunares que bailan al compás,
sentidos aletargados que susurran amor,
la música respira en mis poros.
Gracias a ti he sacado del armario estos momentos
que a partir de ahora los pondré en la pizarra de mi cocina
para que la ilumine cuando el sol esté ausente.
Paqui Manfredi
POEMA DE LA MÍO SEVILLA
Qué hermosa ciudad sevilla,
y más sin los sevillanos;
sin los aduladores melífluos
del incienso y de la mirra,
sin trovadores de la Giralda,
de los Cristos y las Vírgenes,
sin barroco y sin iglesias,
sin sus grandes monumentos,
y sin sus Fiestas Mayores,
sin Rocío y sin rocieros,
sin toros y sin toreros,
sin sevillanas ni flamenquito,
sin botijo ni pandereta,
sin barrios de cartón piedra
y sin coches de caballo.
Sevilla, tú como el Cid,
qué gran ciudad que fuese
si buenos vasallos oviesse
Cecilio
y más sin los sevillanos;
sin los aduladores melífluos
del incienso y de la mirra,
sin trovadores de la Giralda,
de los Cristos y las Vírgenes,
sin barroco y sin iglesias,
sin sus grandes monumentos,
y sin sus Fiestas Mayores,
sin Rocío y sin rocieros,
sin toros y sin toreros,
sin sevillanas ni flamenquito,
sin botijo ni pandereta,
sin barrios de cartón piedra
y sin coches de caballo.
Sevilla, tú como el Cid,
qué gran ciudad que fuese
si buenos vasallos oviesse
Cecilio
miércoles, 6 de mayo de 2009
(Otro poema -sin título- a la duración)
Hay un lugar en mí
que permanece
como si yo fuera el tren
que lo persigue
cuando el lugar se mueve.
Felipe Bollaín.
que permanece
como si yo fuera el tren
que lo persigue
cuando el lugar se mueve.
Felipe Bollaín.
La baldosa (poema a la duración)
Mi azotea.
Los hierros de debajo del Puente de Triana.
Y una roca, una roca eterna con ojos de musgo,
en un campo radiante de árboles y brisa.
La iglesia de la ventana tapiada: tiene una campana
que tañe levemente con el viento.
La casa de techo alto donde viví 6 años.
El sillón de cuero blanco que se quemó en el incendio.
¿Qué ves ahora?
Una
Hermosos
fachada
edificios industriales
naranja
teñidos de naranja
iluminada por el sol
por el sol que cae.
El trozo de aire en torno al balcón,
vía de paso de cientos de pájaros en primavera.
Un cartel de se vende con un teléfono, macetas en los balcones.
Un hospital, paneles solares, un bikini secándose.
Copas de árboles y farolas.
Persianas con secretos monótonos.
Creo que se mueve una cortina a lo lejos.
La escalera de mano que me sube a los altillos.
Un portal fresquito en una tarde de agosto.
La chimenea de campana de hierro en la casa de campo.
Todas las hogueras.
La playa que me diste cuando nos miramos aquellos 2 segundos.
El poyete frente al espigón donde llevo 30 años sentándome.
Los bares donde intenté olvidarlo todo.
El otro lado de la barra del bar
donde lo vi la primera vez, hace un año.
El primer aeropuerto, yo con el pelo corto.
Un río que corre manso cuando le dejan los cruceros de turistas.
El viento de aquel día en aquel barco que nos llevó a la exclusa.
El cuaderno de notas de Raquel Garabi,
sus gomillas del pelo, sus pulseras.
La silla en la que tuve un momento de paz,
mientras me hacías el arroz blanco,
antes de hacerme el amor rojo.
El melocotón que nos deslizó hasta el primer beso.
Las cáscaras de cacahuete donde meto los dedos.
El botón donde metes los dedos.
El pasillo de flores que me llevó a tu espalda.
El área de descanso donde comí sandía,
sentada en una caja, con los pies colgando.
El puesto del mercado donde hablé con un
pulpo, que me pidió un abrazo.
Donde paré el coche más adelante y
vi un paisaje quemado y verde oscuro,
el paisaje de las médulas, en León,
el paisaje de la geria, en Lanzarote,
el río Cuervo naciendo en apenas dos chorros, la nieve.
Tú y yo en mi azotea, desafiando tu líbido,
bajo los fuegos artificiales,
tu cara azul, la mía morada,
luego la tuya verde, la mía naranja
Un empujón de sangre con forma de acantilado.
Un acantilado en La Coruña con esta pintada "Galicia non é España".
El trozo de baldosa que me llevé a las manos cuando nos entró el miedo.
El árbol donde te hiciste sangre y más te quise.
La gruta donde en silencio nos cogimos de la mano.
La tienda de libros antiguos en Guildford.
Águilas reales sobre un puente colgante en el camino
de La Habana a Varadero, ¿o no eran reales?.
El parque botánico de Adelaide, en el sur de Australia.
El mercado de Madrid al que iba a comprar la ensalada.
La cima de una montaña que escalé en 7 horas.
Mi oso polar de peluche.
La boca de metro donde entendí el mundo.
La isla donde no entendí nada.
La escalera de la biblioteca donde te vi por primera vez,
aferrado a tu cuaderno.
El campo de fútbol donde apareció un toro.
La celda donde canté llorando.
Cazorla, el remanso bravío del arrojo.
San Nicolás del Puerto: una lluvia de ranas.
La sala de espera de urgencias del hospital: mi primer dolor de verdad.
El holograma de nuestras manos juntas y apretadas.
La secretaría de la facultad de periodismo de la que escapé.
El patio de la facultad de filosofía.
Una playa nudista de Fuerteventura sitiada por los complejos hoteleros.
El miedo y la baldosa, la baldosa y el miedo.
Felipe Bollaín y Carmen Puerto
Los hierros de debajo del Puente de Triana.
Y una roca, una roca eterna con ojos de musgo,
en un campo radiante de árboles y brisa.
La iglesia de la ventana tapiada: tiene una campana
que tañe levemente con el viento.
La casa de techo alto donde viví 6 años.
El sillón de cuero blanco que se quemó en el incendio.
¿Qué ves ahora?
Una
Hermosos
fachada
edificios industriales
naranja
teñidos de naranja
iluminada por el sol
por el sol que cae.
El trozo de aire en torno al balcón,
vía de paso de cientos de pájaros en primavera.
Un cartel de se vende con un teléfono, macetas en los balcones.
Un hospital, paneles solares, un bikini secándose.
Copas de árboles y farolas.
Persianas con secretos monótonos.
Creo que se mueve una cortina a lo lejos.
La escalera de mano que me sube a los altillos.
Un portal fresquito en una tarde de agosto.
La chimenea de campana de hierro en la casa de campo.
Todas las hogueras.
La playa que me diste cuando nos miramos aquellos 2 segundos.
El poyete frente al espigón donde llevo 30 años sentándome.
Los bares donde intenté olvidarlo todo.
El otro lado de la barra del bar
donde lo vi la primera vez, hace un año.
El primer aeropuerto, yo con el pelo corto.
Un río que corre manso cuando le dejan los cruceros de turistas.
El viento de aquel día en aquel barco que nos llevó a la exclusa.
El cuaderno de notas de Raquel Garabi,
sus gomillas del pelo, sus pulseras.
La silla en la que tuve un momento de paz,
mientras me hacías el arroz blanco,
antes de hacerme el amor rojo.
El melocotón que nos deslizó hasta el primer beso.
Las cáscaras de cacahuete donde meto los dedos.
El botón donde metes los dedos.
El pasillo de flores que me llevó a tu espalda.
El área de descanso donde comí sandía,
sentada en una caja, con los pies colgando.
El puesto del mercado donde hablé con un
pulpo, que me pidió un abrazo.
Donde paré el coche más adelante y
vi un paisaje quemado y verde oscuro,
el paisaje de las médulas, en León,
el paisaje de la geria, en Lanzarote,
el río Cuervo naciendo en apenas dos chorros, la nieve.
Tú y yo en mi azotea, desafiando tu líbido,
bajo los fuegos artificiales,
tu cara azul, la mía morada,
luego la tuya verde, la mía naranja
Un empujón de sangre con forma de acantilado.
Un acantilado en La Coruña con esta pintada "Galicia non é España".
El trozo de baldosa que me llevé a las manos cuando nos entró el miedo.
El árbol donde te hiciste sangre y más te quise.
La gruta donde en silencio nos cogimos de la mano.
La tienda de libros antiguos en Guildford.
Águilas reales sobre un puente colgante en el camino
de La Habana a Varadero, ¿o no eran reales?.
El parque botánico de Adelaide, en el sur de Australia.
El mercado de Madrid al que iba a comprar la ensalada.
La cima de una montaña que escalé en 7 horas.
Mi oso polar de peluche.
La boca de metro donde entendí el mundo.
La isla donde no entendí nada.
La escalera de la biblioteca donde te vi por primera vez,
aferrado a tu cuaderno.
El campo de fútbol donde apareció un toro.
La celda donde canté llorando.
Cazorla, el remanso bravío del arrojo.
San Nicolás del Puerto: una lluvia de ranas.
La sala de espera de urgencias del hospital: mi primer dolor de verdad.
El holograma de nuestras manos juntas y apretadas.
La secretaría de la facultad de periodismo de la que escapé.
El patio de la facultad de filosofía.
Una playa nudista de Fuerteventura sitiada por los complejos hoteleros.
El miedo y la baldosa, la baldosa y el miedo.
Felipe Bollaín y Carmen Puerto
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